el mundo explota: globalización y resistencias

El planeta explota. Lo sentimos como un nudo en el estómago cuando vemos a gentes que duermen en la calle o que se juegan la vida en un cayuco, cuando el verde del bosque se transforma en la ardiente arena del desierto, cuando querer dar vida al campo se recompensa con la pobreza.

Y nos agachamos a rebuscar cuáles son las raíces de este nudo. Así aunamos energías para denunciar este capitalismo que, simplemente, no puede tener rostro humano, porque gira en torno a una única premisa: el máximo beneficio. Ninguna empresa puede tener realmente un comportamiento social o ambientalmente responsable porque lo que le exige el mercado a final de mes es, únicamente, la cuenta de beneficios.

Tampoco la agricultura puede satisfacer las necesidades humanas, puesto que se somete a la tierra y a las trabajadoras y trabajadores a la misma “ilógica” del mercado. Se cultiva muy lejos del destino final de los productos, buscando rentabilidad económica y condiciones laborales de miseria. En lugar de perseguir la soberanía alimentaria, se procura dar salida a productos de moda (como la soja), que no respetan las tradiciones alimenticias y culturales ni garantizan la adecuada alimentación de la población. De este modo, la ciudadanía del Norte, de los países “ricos”, la que puede considerarse como afortunada, a ojos del mercado no es más que un ente que consume y produce. Y pretenden reducir nuestra participación política a un voto insípido cada cuatro años, entre opciones que realmente no pueden cambiar nada. Nuestra importancia social es directamente proporcional a nuestra capacidad de consumo.

Y el mundo que nos rodea no puede hacernos felices: comemos cuando nos mandan y lo que nos mandan, productos cada vez más tóxicos; respiramos un aire contaminado; nuestro ocio depende de los intereses del mercado; nuestros pensamientos los determina la televisión; nuestra vivienda es sólo un sueño imposible; nuestro trabajo, cada vez más precario, una fuente de dolores de cabeza, inseguridades, competiciones y sometimientos; nuestra forma de relacionarnos con los demás está marcada por la desconfianza y el miedo... Nos vemos rodeados por la mediocridad.

Y sabemos que este modelo de vida conlleva la explotación de millones personas en este mundo globalizado, que nuestro “bienestar” es su “malestar”. Son objeto de las guerras “preventivas” por sus territorios o sus recursos. Son obligadas a pagar deudas ilegítimas, que adquirieron sus gobernantes corruptos con el consentimiento cómplice de las instituciones financieras internacionales. Sufren las consecuencias de la deuda ecológica, del deterioro ambiental provocado desde los países del Norte. Están enfermos de SIDA, malaria, o mueren de hambre.

Nos juntamos para denunciar a los poderosos de uno y otro lado; a los organismos internacionales antidemocráticos, cómplices e instigadores de estas desigualdades e injusticias (G-8, Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio, Unión Europea...); a las empresas multinacionales (Repsol-YPF, Telefónica, Endesa, SCH...), que se benefician de la precariedad, que deterioran el medioambiente y que no someten a control social sus actividades; al sistema agroalimentario irracional e inmoral, de circuitos largos, que se deshace de los excedentes para encarecer los precios según las necesidades del mercado... ¿y las necesidades de las personas?. Todo ello se logra con la complicidad de los estados y sus instituciones, entre ellos el Estado Español, que lejos de trabajar por la igualdad entre los pueblos y las personas, perpetúa el sistema de opresión con mecanismos que aumentan la deuda externa (CESCE, FAD), con un ejército que se despliega por el planeta (Afganistán, Kosova, Haití...), o siendo el país de la UE que más rápido aumenta sus emisiones de CO2.

De este modo unimos esfuerzos para recordar que existen resistencias y alternativas que florecen en todo el planeta. Hay motivos sobrados para la esperanza activa. Cada vez más gente está irguiéndose y rehaciendo su vida, rechazando la mediocridad, mezclándose y asociándose horizontalmente con un redescubierto mundo diverso y polícromo. Desde las el campesinado sin tierra latinoamericano, hasta las mujeres de negro que habitan las tierras palestinas. Salpicando las luchas contra la privatización sudafricanas, francesas o bolivianas. Retomando de la mano la relación con la naturaleza en el subcontinente indio. Apostando por una agricultura respetuosa, cercana, de tiempos lentos, que favorece la vida y la socialización. Y partiendo/llegando al grito más cercano contra otro derrame petrolero, un nuevo intento de decretazo, otra fábrica de agua para hacer crecer casitas adosadas y campos de golf, una Europa antidemocrática, o una ley, la del “máximo beneficio”, que no nos deja crecer como personas. Surgen gritos que no piden monedas ni expulsiones, sino que preguntan ¿quién debe a quién?, ¿el Sur al Norte o más bien al revés?, ¿de quién son las tierras?, ¿a qué sirven los mercados financieros?, ¿qué es lo que comemos?, ¿qué tienen de preventivas las guerras?... Desde esta polifonía, ya estamos haciendo otro mundo. Nuestras voces no están en los medios, pero sí en la calle. Y es ahí donde vamos a estar, y queremos que te unas.

...